La nube seguirá sin flotar. Y México tiene con qué ser no sólo quien saca el cobre de la tierra, sino también quien lo convierte en los cables.
La nube no flota: está hecha de cobre, acero, litio y silicio. Y alguien tuvo que sacar todo eso de una mina.
Hace dos años escuché a Jody Kuzenko, entonces CEO de Torex Gold Resources, afirmar que, si bien solemos verla como una actividad del pasado, la minería es la industria del futuro.
En México, solemos pensarla como la gran industria del virreinato, pero la minería se remonta a hace más de 40,000 años, cuando grupos humanos del Paleolítico utilizaron herramientas de piedra y hueso para extraer hematita, un mineral rico en hierro que empleaban como pigmento para pinturas rupestres, rituales funerarios y decoración corporal.
Cuarenta mil años después, seguimos haciendo lo mismo: sacar de la tierra lo que necesitamos para construir aquello que nos permite comunicarnos.
La transición energética, el boom en la construcción de centros de datos -impulsado por la creciente adopción de la inteligencia artificial– y la mayor necesidad de energía eléctrica para alimentarlos, demandan cada vez más minerales. Ya sea litio para baterías, acero para vigas y postes o cobre para cables, el mundo requerirá un incremento muy importante en su oferta.
Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), la oferta de cobre podría quedarse hasta 30% por debajo de la demanda hacia 2035 y el litio entraría en déficit en la próxima década.
Con todo y sus potenciales impactos ambientales y sociales, y la huella física que le da una apariencia de industria vetusta, la minería tiene un gran futuro. Más aún, la creciente digitalización de la vida humana coloca a la minería en una posición geopolíticamente estratégica. Hoy, China es el principal refinador de casi todos los minerales críticos y concentra alrededor de la mitad de la capacidad mundial de fundición de cobre.
Esta nueva revolución tecnológica abre una ventana para México. No solamente por su gran potencial minero al ser el primer productor mundial de plata y tener una posición relevante en al menos 10 de los minerales que Estados Unidos considera críticos, sino que además hay al menos tres aristas adicionales que debemos explorar como política de Estado para aprovechar esta oportunidad:
- Usar ese potencial minero como herramienta de negociación geopolítica (por ejemplo, en la negociación del TMEC).
- Aumentar la actividad minera para llevar inversión y recursos a algunas de las zonas más pobres y golpeadas por la violencia y la inseguridad del país.
- Impulsar una estrategia de transformación industrial que integre la industria minera con la industria manufacturera, en la que también somos potencia. Este tercer punto generaría mayor contenido nacional y valor agregado en nuestras exportaciones.
De acuerdo con la AIE, América Latina refina apenas una quinta parte de los minerales energéticos que extrae, sin embargo, poner en marcha una estrategia de este tipo implica grandes riesgos financieros y costos ambientales. Debemos empezar por llevar a cabo un impecable ejercicio de planeación rigurosa para definir proyectos de largo plazo, incluso transgeneracionales.
La cantidad de recursos monetarios y humanos que se requiere es extraordinaria. Para ello, es necesario generar las condiciones institucionales que garanticen continuidad y den certidumbre para que esos recursos se desplieguen. Espero podamos voltear a ver esta ventana y darnos a la tarea de aprovecharla.
La nube seguirá sin flotar. Y México tiene con qué ser no sólo quien saca el cobre de la tierra, sino también quien lo convierte en los cables, transformadores y servidores que la sostienen.
Sobre el autor:
*Jaime Aceves Hungar es originario de Tijuana, es economista egresado del ITAM. Socio fundador de MRII Capital Partners, firma especializada en la gestión de proyectos de inversión enfocados en los sectores inmobiliario y de infraestructura en México.
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