Hace unos días, la CFE anunció que evalúa instalar sistemas fotovoltaicos flotantes en plantas hidroeléctricas y eso representa una señal positiva en medio de un debate energético que suele polarizarse entre lo técnico y lo ideológico.
Hace unos días, la Comisión Federal de Electricidad (CFE) anunció que evalúa instalar sistemas fotovoltaicos flotantes en plantas hidroeléctricas y eso representa una señal positiva en medio de un debate energético que suele polarizarse entre lo técnico y lo ideológico. Se trata de una posibilidad que abre la puerta a soluciones innovadoras, probadas a nivel internacional, y que pueden fortalecer la generación eléctrica nacional sin comprometer suelo, agua ni soberanía energética.
La tecnología de paneles solares flotantes, ya implementada con éxito en países como Portugal, India, China, Tailandia y Ghana, consiste en colocar módulos fotovoltaicos sobre embalses existentes, particularmente aquellos asociados a centrales hidroeléctricas. Su atractivo radica no solo en la generación adicional de electricidad limpia, sino en la sinergia natural entre la energía solar y la hidráulica, dos fuentes que se complementan estacional y operativamente.
Desde el punto de vista de capacidad, los proyectos de energía solar flotante pueden escalar con rapidez. Experiencias internacionales muestran instalaciones que van desde 5 MW hasta más de 100 MW por embalse, dependiendo de la superficie disponible, la radiación solar y la infraestructura existente.
La CFE cuenta con 60 centrales hidroeléctrricas (con 166 unidades generadoras), con una capacidad de 12,143.36 MW. Al cierre de noviembre de 2025, se repotenciaron y modernizaron 23 de sus unidades generadores (en Infiernillo, El Caracol, La Villita, Zamapán, Potezuelo I , Portezuleo II, Angostura, Malpaso, Peñitas, Mazatepec, Minas y Encanto) lo cual añadirá 892 MW a su capacidad y amplía su vida útil en 50 años, de acuerdo con la propia Comisión.
Así que los paneles flortales en las presas que tienen conexión directa a la red eléctrica nacional podría traducirse en energía eléctrica adicional sin necesidad de construir nuevas líneas de transmisión ni ocupar terrenos agrícolas o forestales.
Los beneficios de esta tecnología son claros. En primer lugar, los paneles flotantes suelen registrar mayores eficiencias que los sistemas terrestres, ya que el agua reduce la temperatura de operación de los módulos, mejorando su rendimiento. En segundo término, la cobertura parcial del embalse disminuye la evaporación del agua, un factor especialmente relevante en un país que enfrenta estrés hídrico creciente.
Además, integrar sistemas fotovoltaicos flotantes a centrales hidroeléctricas refuerza la confiabilidad del sistema eléctrico, al suavizar la intermitencia de la energía solar y aprovechar la flexibilidad de la generación hidráulica. No se trata de sustituir una fuente por otra, sino de optimizar activos ya existentes, una lógica que debería guiar cualquier política pública responsable.
Sin embargo, el verdadero reto no está en la viabilidad técnica, sino en el cómo financiar estas inversiones ya que la CFE ha revertido las pérdidas pero enfrenta una situación financiera compleja, con niveles de endeudamiento que limitan su margen de maniobra. Por ello, sería preocupante que la adopción de tecnologías limpias y eficientes se tradujera en la emisión de nuevos instrumentos de deuda, que terminen trasladando el costo a las finanzas públicas o a los usuarios finales.
La apuesta correcta debería ser que esos proyectos se financien a partir de una operación más eficiente, de la reducción de costos operativos, del combate a pérdidas técnicas y no técnicas, y de una mejor planeación del gasto de inversión.
El anuncio de la CFE es, sin duda, un primer paso alentador, pero será necesario que la empresa combine visión tecnológica con disciplina financiera y eficiencia operativa. La transición energética no solo se mide en MW renovables instalados, sino en la capacidad de hacerlo de manera sostenible, responsable y sin hipotecar el futuro.
Ojalá que la energía solar flotante no se quede como una buena intención en un boletín institucional, sino que se convierta en un ejemplo de cómo México puede innovar en materia energética.
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